miércoles, 26 de agosto de 2015

Esta yogini no alucina

      A veces, cuando acabo de dar clase, cuento cosas que me parecen bonitas o relevantes. Agradezco infinitamente ese momento en el que los demás no tienen prisa y yo tengo inspiración para compartir, preguntar o contar. Normalmente son cosas de la vida cotidiana, metáforas de mi propia experiencia trasladadas a nuestro contexto de movimiento, posturas o respiración.
Son, en definitiva, las pequeñas leyendas que añado al cuento que hemos creado juntos durante la clase.

      El otro día tuve una clase muy íntima con dos bellas mujeres. Y al final me sentí muy impulsada a hablar de lo que me hacía a mi sentir la práctica de yoga. Y hablé del amor. De que cuando practico yoga, en muchos momentos a lo largo de la sesión, siento mucho amor y agradecimiento. Intensamente, no de trasfondo. En primer plano.

      A veces me pregunto si puedo resultar repelente, sobre todo a aquellos que desconocen el contexto en el que me expreso. Igualmente ese día sentí el impulso de decir las cosas tal cual las sentía.

      En realidad son como pequeños éxtasis, momentos en los que a través del cuerpo, y en el cuerpo, realmente experimento una paz absoluta y la fusión con el universo. Una verdadera integración interior, recompuesta en mis fragmentos y mi coherencia.

      Pues resulta que esta cursilada, que es un amor que experimento en el cuerpo, recorriéndome y bailándome ¡tiene respaldo científico! Porque la práctica de yoga incrementa la oxitocina en el cuerpo. Y la oxitocina, como todas las mamis sabemos de cuerpo y corazón, es la droga más salvaje que existe. Es la droga natural que hace que los cachorros propios nos despierten la entrega radical al amor incondicional, en cuerpo y alma.


Hablo de cosas salvajes, y apasionadas… Dan ganas de practicar yoga ¿verdad?